Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, un líder es la “persona a la que un grupo sigue, reconociéndola como su jefe u orientadora”. Pero no todos entendemos lo mismo por . Para algunos significa mandar; para otros influir. Otros lo entienden como guiar o, incluso, acompañar. Sin embargo, la palabra clave para definir a un líder es “seguir”.

Para llegar a ser un buen líder no hay una receta mágica donde estén las claves de un éxito asegurado de por vida. Uno puede ser muy bueno y haber nacido con unas cualidades y habilidades innatas para la dirección de empresas, la motivación de equipos o la enseñanza, pero el líder no sólo tiene que nacer sino que también tiene que hacerse.

Los ingredientes para el liderazgo podrían ser éstos: carisma, capacidad de escucha, visión de futuro para saber generar cambios, autocrítica, buena organización, motivación y coordinación de grupos.

Pero ejercer un verdadero liderazgo implica que la gente acepte seguir a ese líder porque cree en él, en sus sueños, en sus palabras y en su visión del mundo pero también en sus capacidades y en su moral. Le sigue porque se identifica con sus ideas, considerándolas buenas para su vida también. Genera fe en los demás porque la manera en cómo conduce su vida trae como consecuencia que otros encuentren ahí una fuente de inspiración para su propia existencia.  El verdadero líder crea seguidores y no personas sumisas. El buen líder convence a la gente; no los vence.

Cuando hablamos de influir no sólo nos referimos a las personas. Los animales, en este caso los perros, también son seres con los que interactuamos a diario y a los cuales les influye de manera directa nuestro comportamiento. Cuando tu perro muestra una serie de conductas inadecuadas, tenemos delante una muy buena oportunidad para cuestionar nuestro liderazgo personal. Y en este punto, la pregunta quizás sea: “¿soy un buen líder?”

El mejor liderazgo trabaja mediante las emociones y una de las mejores maneras de aprender a ser un buen líder es  saber liderarse a uno mismo ya que sólo así puedes influir positivamente en tu perro y en tu entorno. Y es que un perro no puede evaluar la inteligencia de una persona pero sí puede reconocer a un ser humano estable de otro inestable. Todos llevamos un líder dentro e influimos y lideramos la vida de los demás en algún momento determinado, pero esa capacidad debe ser desarrollada y trabajada, accediendo a nuestro lado sereno y firme.

Si pretendes que tu perro y que las personas que te rodean te sigan no puedes ser sólo un jefe. Debes ser un guía, una inspiración, un verdadero líder de dentro hacia fuera. Aunque el carisma es algo innato e importante, nadie se hace líder a solas, con su propia genética. El buen líder se desarrolla, formal e informalmente, gracias a su interacción con los demás. No nace. Se hace.